El Correo Literario y Mercantil

«Pero ¿qué tiene nuestro periódico? ¿Tiene algo, por ventura?…, gritan los redactores de una parte a otra. Pues ése es su defecto, señores redactores, no tener nada.»

Dedicaba Larra estas escogidas palabras para definir al Correo Literario y Mercantil de aquellos años, el vetusto Correo literario de gente con levita y chistera preocupada por los problemas de honor y religión, por la decadencia del poco imperio que quedaba y por el estado permanentemente convulso de la política española.

Me gusta imaginar que somos nosotros y no aquellos de antaño el objeto de las burlas de tan ilustre genio de las letras españolas. Sería una gran inyección de moral a la que recurriríamos cada vez que nos enfrentásemos al folio en blanco pues, si es cierto eso de que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, unas líneas de Larra, aunque sean para mofarse de unos pobrecitos habladores, bien supondrían una idea en genial cabeza, tiempo gastado, incluso folio y tinta negra. Bien valdrían un brindis con champagne. Un aprecio gracias al desprecio.

«…si bien el Correo Literario no es bueno, pudiera serlo, y tiene lo mismo, con la diferencia, nada esencial para el público, de venderse a no venderse. Es verdad que esto no será tan indiferente a los redactores, pero, en cambio, tienen otra ventaja, y es la de trabajar poco.»

«…ábrale por cualquiera parte, a los chasquidos de su látigo me duermo como un hombre sin cuidados, tan profundamente, que ha habido tarde de pasárseme la hora del paseo y despertarme a las diez de la noche; y me parece que para quien tenga la desgracia de no poder conciliar el sueño, bien vale esto la pena de gastar seis cuartos.»

Pero si Larra tenía esa consideración con el Correo, cuál podría ser la nuestra, ¿una mayor? Obviamente, no. Quizás una real y no metafórica, donde el dormir no signifique vulgaridad o aburrimiento, sino provocar el sueño de verdad. No, eso nunca, trataremos de no sobrepasar los límites de la indiferencia. Sobre todo no llegar a la indiferencia. Trataremos de aburrir con cariño, en todo caso, con la frescura de un lengüetazo de gato. Pondremos en entredicho lo establecido, difundiremos aleatoriamente lo que nos dé la gana y mataremos el tiempo, probablemente sobre todo el nuestro.

Mejor hagamos nuestras las palabras de los editores del Correo Literario y Mercantil original, el del siglo XIX, y subrayémoslas. Por lo menos las que alcancemos a entender:

«¿Tienen los editores de El Correo literario y mercantil la pretensión de imaginarse adornados con tan exquisitas dotes? Cierto que no hay en ellos ni la fatuidad que se necesitaría para decirlo, ni el amor propio de que deberían estar llenos para pensarlo. Confiesan que tiemblan al coger la pluma, y aun por esto creen oportuno manifestar que no desconocen por lo menos las cualidades que deben tener las buenas críticas, y que en su concepto son las de imparciales, motivadas, instructivas y urbanas.»

Este punto de partida es tan deseable como inalcanzable, pues aunque algunas opiniones literarias o circunstanciales rayen la indiferencia, no vivimos épocas de permanecer indiferentes (ni imparciales o urbanos, ¿o sí?), sino épocas convulsas, épocas de piras y humo, de alaridos alarmados y ojos rojos. Por ello, no descansaremos hasta el embargo definitivo de nuestras plumas… o nuestras voluntades.

 

 

Fragmentos extraídos del artículo «Un periódico del día o “El correo literario y mercantil”», publicado en «El Duende Satírico del Día», el 27 de septiembre de 1828, por Mariano José de Larra; y de las Reflexiones preliminares a la primera edición del Correo Literario y mercantil, el 14 de julio de 1828.

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