Del lado del dolor

por JB

 “Cómo será llegar de noche a la costa de un país desconocido, saltar al agua desde una barca en la que se ha cruzado el mar en la oscuridad, queriendo alejarse a toda prisa hacia el interior mientras los pies se hunden en la arena: un hombre solo sin documentos, sin dinero, que ha venido viajando desde el horror de enfermedades y las matanzas de África, desde el corazón de las tinieblas, que no sabe nada de la lengua del país adonde ha llegado, que se tira al suelo y se agazapa en una cuneta cuando ve acercarse por la carretera los faros de un coche, tal vez de la policía.”

Estas palabras conmovedoras pertenecen al libro Sefarad, de Antonio Molina, conjunto de relatos cuyo hilo común es que en todos los casos sus protagonistas son los perseguidos, los exiliados, los hombres y mujeres que han sufrido y que sufren a lo largo y ancho del mundo y de los renglones de los libros de historia. Sefarad es el nombre que aún hoy le dan a España los judíos que fueron expulsados de dicho país por los Reyes Católicos, hombres que sufrieron la marginación, la exclusión y finalmente la brutal expulsión de una tierra que también era suya. Casi dos siglos después fueron los moriscos los que hubieron de padecer el rigor del fanatismo y el rencor de los poderosos de la España del XVII. En numerosos textos ha reivindicado Juan Goytisolo que se llene de palabras el silencio que la historiografía oficial ha tendido, como manto de sombra y de ignorancia, sobre aquellos que fueron nuestros compatriotas y a los que se expulsó injusta y salvajemente, condenados a vagar por Europa en busca de una tierra que los diera mejor acogida.

He copiado el texto de Molina, que habla de los que sufren hoy expulsiones, persecuciones, hambre y dolor, para recordar con estas breves palabras a toda la masa de hombres y mujeres que sufren. Lo primero que hemos de hacer sin duda es, emulando a Antonio Molina, ponernos en su lugar, preguntarnos por su drama, intentar imaginar cómo debe de ser su vida. Ese es el primer paso ineludible para poder luego tomar posiciones y actuar, cada cual como pueda y como crea conveniente, en aras a conseguir prolongar la vieja aspiración a que un día en este mundo reine solo la justicia; vieja aspiración que parece cada día más lejos y más irrealizable, pero cuya llama hemos de proteger y alentar sin descanso. Hoy el sufrimiento extremo de la expulsión y la desposesión no se halla solo en las páginas de los libros de historia o en la lejanía de las tierras de otros continentes. No. Hoy podemos preguntarnos qué se debe sentir cuando vienen y te echan de tu casa, te quitan tu hogar y te dejan con tus hijos en la calle; cómo debe ser que pasen los días, las semanas y los meses y no logres encontrar un trabajo y tus amigos y tu mujer y tus hijos te miren con lástima, pensar entre las sombras y el insomnio que es culpa tuya, juzgarte inútil e inservible; cómo será que todo el dinero que ganaras faenando en los bravos mares del norte, o picando en las minas, o deslomándote años y años en la fábrica o en el andamio desaparezca por arte de magia, de hurto y de fraude del banco donde juraran un día guardártelo a buen recaudo con un buen interés por tu “fidelidad” de tantos años; qué se debe de sentir cuando madrugas cada mañana para ir a trabajar a sabiendas de que otro día más del calendario no cobrarás tu soldada al final de la jornada. Vienen acompañados de diez mamporreros, llaman a tu puerta, te enseñan un documento, y se quedan con tu piso y te condenan, mácula indeleble, a pagarlo en cuanto puedas, aunque ya nunca más, ninguno de los días de tu vida, volverá a pertenecerte. Y en tu cara la vergüenza cuando miras a tus hijos.

Al lado del dolor, al lado de los que sufren, al lado de los débiles, de los perseguidos, de los estafados, de los excluidos, de las víctimas de todas las violencias. Que no nos persuadan jamás con su vana retórica: no es culpa de ellos perder el trabajo, ni es culpa de ellos no encontrar otro, ni lo es no poder seguir pagando. Si todo mi aliento pudiese llegar a sus oídos, si mis brazos pudieran abrazarlos a todos, si al menos mis palabras pudiesen decirles, con cálida voz, que ellos no son los culpables… Decirles que los admiro en su lucha contra el desamparo y que están en mi pensamiento cada día.

“Cómo sería llegar a una estación alemana o polaca en un tren de ganado, escuchar en los altavoces órdenes gritadas en alemán y no comprender nada, ver a lo lejos luces, alambradas, chimeneas muy altas expulsando humo negro.”

SEFARAD, Antonio Muñoz Molina.

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