Nuestros genes

por JC

 Hoy vivimos el peor momento de la historia reciente de España. Y esta  misma sensación  me acompaña desde hace ya tiempo, se va renovando a golpe de escándalo, con cada cifra, a cada titular. No tocamos fondo, está aún por descubrir, y tenemos unas tragaderas más grandes que el túnel de Guadarrama.

A la pérdida de derechos y posibilidades tras los recortes presupuestarios del gobierno allí donde más les conviene, a la destrucción ya no del mínimo de bienestar sino de la dignidad en muchos casos, y al alza del paro y la pobreza, les acompaña el destape de un mundo que no conocíamos de corrupción política (no tanto, me refiero). Un “mundo en B” de una clase alta oligárquica, vividora y prepotente formada para ganar elecciones cual funcionario opositor, que posa para la foto, dice titulares aparatosos con semblante serio y gasta gomina y Armani (y si no gastan Armani lo dicen para que se sepa que son más de andar por casa, del pueblo llano). La mezcla de ambos factores crispa y hace la situación más penosa.

En el ambiente, y ya digo que desde hace tiempo, vienen flotando preguntas como “¿cuánto vamos a aguantar?” o “¿cuándo va a acabar esto?”, o afirmaciones tipo “ahora sí que tienen que dimitir”. Pero nada pasa. Esto me lleva a una reflexión que nace volviendo la vista atrás y siendo consciente de quiénes somos, sin otro ánimo que el de advertir y compartir una opinión más que se ha convertido en verdadera inquietud:

A los españoles, entre otras muchas cosas, buenas y malas, nos define un rasgo primario que nos acompaña desde el principio de los tiempos y del que nunca nos hemos podido desprender: ese rasgo es la violencia. En particular la violencia asociada al poder. Parece que nunca hemos sabido controlar nuestras bajas pasiones. Somos latinos y fogosos, sí, pero con un arma en la mano. La violencia ha sido una solución utilizada más tarde o más temprano, una posibilidad para quien quiere el poder y para el que lo detenta. Y casos hay desde siempre. Como es lógico, cuanto más nos remontemos, más fácil encontraremos asesinatos, guerras, traiciones palaciegas, pues en aquellos años era la nota dominante. Un imperio no se forja con buenas palabras, ni un rey bastardo derroca a su hermano tras una comida familiar. Aquí teníamos la costumbre de pegarle un tiro al presidente hasta hace bien poco, y si no que se lo digan a Cánovas del Castillo o a Canalejas. Al general Prim también le pegaron un arcabuzazo y a Eduardo Dato más de lo mismo. Esto a muchos nos suena a añejas clases de historia, pero seguro que vemos más cercano el asesinato de Carrero Blanco (ya sale en Cuéntame), y aún más cercano el fallido atentado a Aznar. Sí, ese atentado en el que Dios revelaba al ex presidente que le tenía reservado un importante papel en la historia de la humanidad… También hace no tanto hubo un intento de golpe de estado de unos militares, crímenes durante una transición nunca terminada, una banda terrorista que pegaba tiros a quienes no pensaban como ellos, una trama de asesinatos encubiertos llevada a cabo por el gobierno contra dicha banda terrorista… Y hace algo más, y por no hablar de guerras carlistas, revoluciones y bombardeos, tuvo lugar la funesta guerra civil y su represión que tanto nos han marcado. Somos un pueblo que a la mínima desenfunda.

Conociendo todo esto parémonos ahora a analizar nuestro momento histórico y tratemos de comprender por qué nos pasan las cosas que nos pasan, pues no puede ser debido al karma, y a vislumbrar los terribles derroteros por los que podríamos encaminarnos. No lo digo yo, lo dicen nuestros genes.

Hoy la policía, esa facción de policía política que pega porrazos, urde maquiavélicas tramas para inculpar a los manifestantes y nos vigila, no es más que una jauría de perros adiestrados para para proteger al poderoso del que debería ser protegido, mantiene el estado de excepción e infunde el  miedo para que nada pase. Ya serán luego indultados. Las grandes empresas y los bancos, sobre todo los bancos, son socios preferentes en este golpe de estado perpetrado contra el pueblo. En un ejercicio circular de abastecimiento, ellos se arruinan, arruinan a todos y son rescatados para poder seguir arruinando. La prensa es analfabeta, busca ventas, defiende su trinchera y elocuencia en debates televisados, y se escuda en su número de retwitts. Su número de retwitts… ¡valientes gilipollas! Las organizaciones, especialmente las organizaciones religiosas, se venden por subvenciones, privilegios, repartos del botín… No hay integridad sino recalificaciones de terreno para construir parkings, cesiones de patrimonio histórico y colegios del opus dei. La justicia no es ciega, se vulnera y utiliza. No es igual para todos. Ya no es independiente, si es que algún día lo fue.

Entonces, ¿cómo pasa todo esto? ¿Cómo lo permitimos? Pues porque estamos acostumbrados. Penosamente, estamos “dados de sí”. ¿En qué tipo de país vivimos? A veces da la sensación de que realmente todos unos chorizos o unos idiotas, y nos merecemos ser robados por politicuchos, empresarios sin escrúpulos y una casa real a la que se le permiten descalabros (literales y metafóricos) vaya usted a saber por qué. ¿Cuál es el límite? ¿Cuándo va a cambiar todo esto? El límite no sabemos dónde está pues no sabemos quiénes somos, pero corremos el riesgo de que cambie a la fuerza, dado que es algo que hacemos de vez en cuando en España.

Hoy se juega con lo correcto, con el tabú de la violencia, con eso de que pase lo que pase no llegue la sangre al río, pero son los inmorales los que juegan con la moral, los que adoctrinan con una ética que se pasan por el forro. Y eso es muy arriesgado. Creen en la pacificación que nos trajeron los nuevos tiempos, creen que somos europeos, que somos científicos, racionalistas occidentales, que tenemos convicciones. Pero somos españoles, muy poco europeos, cada vez menos científicos y más iletrados. No somos hijos de Descartes ni de Kant, sino del Tempranillo (gracias a ellos), y por nuestras venas corren siglos de violencia, de atentados y golpes de estado. Por eso deberían andarse con ojo, pues corren el peligro de que les mate lo que están creando.

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