Notas sobre “La niña del mundo”, de Xurxo Torres

por Diego L. Monachelli.

 Cuando entré en Cornualles -un Cornualles inglés- no sabía que la geografía del universo se destramaría tan dócilmente al transgredir las fronteras de sólo cuatro líneas. Pero me bastó  eso, me bastó que el viento se alzara, que se alzaran los muertos sobre las olas, para comprender que Cornualles es una favila inagotable, encadenada a los silencios de nuestras propias entrañas.

La Torre de Bizac, su alma, que vocifera a través de sus moradores como si de su propia conciencia fuera, nos abre las ventanas hacia las costas de una infausta realidad iluminada por la muerte de Ofelia, símbolo de inocencia, imagen silenciosa de la humanidad primordial, devastada.

“Las mujeres y hombres de Cornualles completan el fresco de la muerte en una procesión que, en la distancia, se asemeja a un gusano negro que repta hacia el abismo. El gusano, que discurre hacia las escolleras donde rompen los restos de la pasada borrasca, desgrana en un eco apagado una oración apocalíptica de hierro y fuego.” El capricho de los vientos doblega las voluntades.

Demorarse en las formas, los academicismos y otros enceres de la literatura me parece una pérdida de tiempo. Los conceptos han cambiado. El tiempo es otro. No es algo a menospreciar, todo lo contrario, pero la entrelínea de buena forma que reboza contendido escasea en estos días, en este ambiente; y La niña del mundo, sin caer en la patética declamación, se transforma en un canto silencioso de lo humano que se trasciende a sí mismo y encuentra voz en toda sensibilidad que aún sobreviva en este mundo protervo.

La necedad del hombre sólo le permite aprender a través del dolor, pero una vez transpuesto ese umbral, sólo así, la belleza arcana del sendero se revela como libertad. La eternidad y lo indolente, en ocasiones, se asemejan. “Cornualles huele a salitre, a bocadillos de atún caduco y a lavadoras marchitas.”

Esta novela narra profética y mansamente nuestras complejas peculiaridades, enmarañados animales, los únicos capaces de amor y odio cohabitando en nuestro ser. Narra con poética claridad la incapacidad de asumirse y no dictaminarse. Habla, sin tiempo concreto, de la inacción en la nueva era del “Hommo Videns”.

Si pudiéramos poner un dedo sobre las entrañas de lo humano, si pudiéramos deambular por ellas, a través de ellas ¿cuántos de nosotros se atreverían? ¿Cuánto, de aquellos que lo hicieran, quedaría intacto? Incapaces de asumir la vida, menos capaces somos de asumir la muerte.

La niña del mundo, escondida detrás de las almas de Cornualles, nos narra de esa comarca perdida, sus avatares, su costumbre perniciosa del callar, su preclara comunión con los ardientes fanatismos; nos abre la voz más íntima de sus vísceras, todo lo canta, menos de ella. Porque ella es aquello que hemos perdido.

Si hay una forma que perdura, es la poesía. Esa poesía vital y humana, no dada a claudicaciones ni bostezos. Viva, tan viva como los muertos que encrespan las olas, como la bestia que “envidia a su víctima porque ya no está viva de miserias”. Tan viva como Olga, ojos de Merluza, o como el Conde de Bizac o como Amordemadre, que traman y multiplican los caminos vedados en tan dilatada patria que no cesa y se prolonga mansamente ante nosotros.

La niña del mundo es la sal, con gracia de beso, sobre las heridas del universo.

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Un Comentario

  1. Excelente, Diego. Con esta nota, no hay quien se resista a leer la novela… Un beso

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