Fuck! Fuck me, motherfuck!

Cómo Edward J. Tilghman cambió sin saberlo el canon de lo verosímil en la televisión.
 

por FD

 
Baltimore, Maryland. Navidades de 1987.

Pasadas ya las seis de la tarde, el sol casi se había puesto del todo tras los edificios al otro lado de la autopista 83. David miraba fijamente el tráfico que se embotellaba atascando los ocho carriles en ambas direcciones. Las ventanas traseras del Baltimore Sun quedaban tan cerca de la autopista que se podría golpear los techos de los coches con un palo de golf. A David le estaban dando ganas de hacerlo.
“Mierda”, pensó, “como no me llamen pronto voy a tener que irme a casa en helicóptero”.
David llevaba esperando esa llamada desde las tres, cuando tenía que haberse producido. Estaba tan nervioso que no había podido concentrarse en toda la tarde, ni siquiera había comido nada desde el almuerzo. Quizá por eso estaba pensando en macarrones cuando por fin sonó el teléfono de su mesa.
—Simon, Baltimore Sun.
—Señor Simon, soy Dennis Hill, le llamo desde la Oficina de Relaciones Públicas del Departamento de Policía de Baltimore. Creo que esperaba usted nuestra llamada.
—Ya lo creo, señor. Empezaba a pensar que no me iban a llamar hasta el lunes.
—En realidad Tilghman ha dado su respuesta a primera hora, pero mi oficina ha estado intentando que cambie de opinión hasta hace diez minutos. No lo hemos conseguido.
David no supo qué decir. La verdad era que estaba esperando la respuesta a su solicitud sin ninguna fe. La idea sonaba fabulosa cuando le explicó el proyecto a Houck y a Barbieri, que aceptaron de inmediato pero diciéndole que se tendría que encargar él personalmente de las negociaciones con el Departamento.
Cuando se presentó en la oficina del Comisionado con una coleta, un pendiente con brillante y su identificación de periodista del Sun, no pudo pasar ni de la primera puerta; la idea que le contó en diez apresurados minutos al funcionario que le atendió no sonó ni la mitad de bien que cuando lo hizo en el despacho de sus jefes.
David se había pasado el resto de la semana convencido de que ni siquiera molestarían al Comisionado con su solicitud. Iba a empezar el año siguiente como terminaba éste, persiguiendo ambulancias de madrugada. ¿Pero qué pintaba entonces la oficina de Relaciones Públicas intentando que el Comisionado Tilghman cambiase de opinión? No sabía cómo interpretarlo y se quedó callado durante al menos cuatro segundos, hasta que Hill por fin le dio la respuesta.
—Ha aceptado, señor Simon. El Comisionado Tilghman ha aceptado su solicitud. Le esperamos el próximo lunes en nuestra oficina para redactar todos los acuerdos y contratos que el Departamento Jurídico nos va a hacer rellenar, y que a mí me van a hacer perder el fin de semana. Estoy deseando conocerle personalmente para agradecérselo, señor Simon. Hasta el lunes.
Hill colgó el teléfono sin darle tiempo a David a decir nada. Esto, unido al sutil rapapolvo que le había soltado y a lo inesperado de la respuesta, hizo que colgase el teléfono completamente colorado y balbuceando un “hasta luego”. Los compañeros que seguían trabajando en las mesas situadas junto a la suya se le quedaron mirando con expresión divertida. No era la primera vez que alguien por allí iba un poco tocado a esas horas del viernes.
—Han aceptado —dijo David en voz alta—. Han… aceptado.
Se puso en pie y empezó a enredarse la melena con la mano derecha mientras se dirigía hacia la oficina del editor.
—Será mejor que me corte el pelo.

••••

The Wire, emitida por la HBO entre los años 2002 y 2008, está considerada por la crítica y el público como una de las series de más calidad de los últimos años y la primera entre las del género policiaco.           El argumento no es nuevo, y podría resumirse con la frase: “los policías de una gran urbe estadounidense intentan atrapar a numerosos delincuentes”. Simplificar hasta este extremo nos lleva a pensar también en productos como CSI, Policías de Nueva York u otro sinfín de series de temática parecida que compiten por el mismo público contando básicamente la misma historia una y otra vez.
El cómo diferenciar tu serie del resto cuando todas cuentan lo mismo es la clave, siendo la última tendencia la de otorgar el papel de policía a un profesional liberal ajeno a dicho mundo, lo que genera tensiones y ofrece posibilidades argumentales imposibles de otro modo.
Escritores, matemáticos o mentalistas ayudan a resolver crímenes gracias a las cualidades que les otorgan sus profesiones y además no se doblegan ante las rígidas normas que sí deben seguir sus compañeros policías. Quizá un antecedente de esta moda fuese Diagnóstico: asesinato (Diagnosis Murder, 1993-2002), donde el Dr. Sloan ayudaba a resolver crímenes a un hijo de peinado imposible y hoyuelo en la barbilla.
No apareciendo en The Wire personajes de estas características cabe preguntarse qué la ha llevado a diferenciarse del resto. La respuesta es sencilla: la verosimilitud.
El empeño inicial de la serie es mostrar un fresco lo más realista y amplio posible de la lucha entre el cuerpo de policía y los traficantes de la ciudad de Baltimore. El protagonismo se reparte entre ambos bandos a partes iguales mostrando así todos los puntos de vista en lo que pretende y consigue ser un ejercicio de observación imparcial.
Así, no veremos aparecer por la pantalla a forenses con cuerpo de modelo, oficinas de diseño New-Age, inmaculadas salas de interrogatorio o sofisticados psicópatas que dejan un as de picas junto a sus víctimas.
La propuesta de The Wire fue que todo lo que veamos dentro de una comisaría o en las esquinas de un suburbio fuese tal y como hubiese sido en realidad, en una suerte de documental/ ficción que abriría un camino recorrido posteriormente con éxito por otras series policíacas, como The Shield.
En The Wire los inspectores fuman y beben como cosacos, las salas de interrogatorio son pequeñas y no tienen espejos falsos, y las pruebas de ADN tardan seis meses en llegar.
El éxito inicial de la propuesta hizo que la serie evolucionase introduciendo nuevos focos de atención, siendo el resultado final el de un tapiz de la ciudad de Baltimore donde se entretejen los intereses de los traficantes, los policías, los políticos y los periodistas, no sorprendiéndonos cuál es el mensaje subyacente corriendo los tiempos que corren: la codicia por el poder a todos los niveles es la que mueve el mundo.
Sin entrar más en el análisis de la serie en sí, lo que interesa aquí es la propuesta; quien plantee que lo verosímil y sólo lo verosímil tiene cabida en una obra de ficción debe estar completamente seguro de que lo que retrata es verdad ante el riesgo de caer en un ridículo espantoso.
¿Cómo captar entonces el ambiente, la verdad que hay en un mundo tan hermético y cerrado como es el departamento de homicidios de una gran ciudad americana?

••••

Baltimore, Maryland. Enero de 1988.
 
Sobre la puerta del viejo edificio colgaba todavía un Santa Claus de poliexpán con un visible tiro a quemarropa entre los dos ojos. “Felices Fiestas les desea la Unidad de Homicidios de Baltimore”, podía leerse en un cartel ensangrentado que colgaba de su cuello.
Más que miedo propiamente dicho, lo que David sintió la primera mañana que atravesó las puertas del Departamento de Policía de Baltimore Este, fue vergüenza. O, para ser aún más precisos, miedo a hacer el ridículo.
En realidad no era la primera vez que estaba allí y conocía a dos o tres inspectores de vista y de cruzar algunas frases con ellos en escenas del crimen, pero era la primera vez que subía a la tercera planta, y no conocía al teniente con el que se iba a reunir.
Para su sorpresa, la secretaria del teniente jefe de homicidios no le hizo esperar y le hizo pasar de inmediato a un pequeño pero ordenado despacho donde David no pudo evitar fijarse en el contraste a simple vista entre un policía negro y una foto de Ronald Reagan colgada en la pared.
—Así que es usted Simon, el periodista —espetó el teniente antes de que David pudiese cerrar la puerta siquiera.
—Sí, señor, encantado de conocerle. Los de Relaciones Públicas me dijeron que me presentase ante usted para empezar —respondió David mientras se quedaba de pie frente a la mesa, sin atreverse a sentarse o a dar la mano.
—¿Y qué es lo que pretende empezar usted exactamente?
David se quedó mirando al teniente unos segundos sin saber qué decir. Ese tipo de preguntas era exactamente lo que temía.
—Ehhh… ¿No le han informado? Tengo la autorización del Comisionado Tilghman para pasar un año con sus hombres, yo…
—Lo sé, lo sé. Créame, por aquí todo el mundo conoce los detalles. Déjeme hacerle la pregunta de otra forma: ¿qué es lo que pretende conseguir?
—Pues, un reportaje, señor. —David realmente estaba sonando tan estúpido como parecía— Voy a estar un año acompañando a sus hombres, señor, y pienso hacer de ello un reportaje.
El teniente se quitó las gafas de leer que llevaba puestas hasta entonces, y se inclinó sobre la mesa hacia David con una sonrisa nada tranquilizadora en la boca.
—Un reportaje. ¿Qué clase de reportaje, Señor David? ¿Es usted un izquierdista, un radical? ¿Qué clase de visión piensa usted dar de mis hombres?
Eran demasiadas preguntas a la vez, y en un tono cada vez más elevado.
—Señor —dijo David, midiendo las palabras—. No tengo ninguna intención de dar una visión negativa de sus hombres o del Departamento. Pienso contar únicamente lo que vea. En todo caso, todas las partes implicadas podrán leer mi trabajo y eliminar lo que crean conveniente antes de ser publicado. Sin que yo pueda protestar en absoluto. Si ustedes lo deciden, ni siquiera será publicado jamás.
El teniente se quedó mirando a David fijamente, y finalmente se volvió a recostar en su sillón antes de seguir hablando.
—Señor Simon, desconozco qué razones han llevado al Comisionado Tilghman a autorizar su presencia por aquí durante un año entero, y desconozco también a qué clase de acuerdo ha llegado respecto a lo que puede y no puede hacer durante ese tiempo. Voy a dejarle clara una sola cosa: si molesta usted a mis detectives con sus preguntas, entorpece o interfiere en lo más mínimo cualquiera de las investigaciones, le sacaré de aquí a patadas. Me la suda lo que Tilghman haya dicho. ¿Está claro?
—Por supuesto, señor.
—Pregunte ahí fuera por Mc Larney.
Cuando David preguntó, le señalaron a un tipo sentado tras un escritorio al fondo del pasillo. Llevaba tirantes pero estaba tan gordo que debía de habérselos puesto con ayuda de dos sherpas nepalíes. Era difícil asegurarlo desde esa distancia, pero parecía hojear tranquilamente una revista porno. Mientras caminaba por el pasillo no podía dejar de percatarse de las miradas nada amistosas que le dedicaban los detectives sentados en las mesas de los lados. “Perfecto”, pensó David, “el Comisionado Tilghman quiere que yo pase un año con todos estos tíos. El problema es que él no está aquí, y a ellos no se lo ha explicado”.

••••

Homicidio (David Simon, 1991) salió al mercado sin mucho éxito ni repercusión. Era el resultado del largo reportaje de David, sin que finalmente el Departamento censurase una sola línea. Básicamente todo estaba allí; un año entero siguiendo a todas partes a los detectives de homicidios de Baltimore. Cómo consiguió David que aquellos tipos duros como un ladrillo puesto al sol empezasen a confiar en él y empezasen a actuar como si no estuviese allí, hay que descubrirlo leyendo el libro.
Homicidio es un reportaje novelado que en realidad no inventaba nada nuevo y si acaso revisaba la fórmula ya usada por Truman Capote en A sangre fría o por la literatura Gonzo de Hunter S. Thompson. La temática era novedosa y se trata de una novela realmente bien escrita, por lo que el boca a boca funcionó y convirtió al libro en un éxito de largo recorrido.
En el año 1993 la NBC empezó a emitir una serie con el mismo nombre basada en el libro. Apartaron a Simon de la parte creativa y se basaron vagamente en personajes y situaciones que aparecían en la novela. La serie tuvo seis temporadas y un éxito relativo, pero a principios de los 90 las series policiacas se hacían con bajo presupuesto y con unas premisas muy distintas; no olvidemos que el éxito del momento era Corrupción en Miami con sus pechos bronceados y sus malvados de opereta, o Twin Peaks y sus simbolismos sexuales incomprensibles.
Pero con la nueva década la industria cambió, llegaron Lost o Los Soprano y de repente había dinero y público para hacer televisión. La HBO decidió apostar por adaptar el libro con la mayor fidelidad posible y contaron con Simon como creador y escritor principal. El resto, como diría José Ramón de la Morena, es historia.
Después de todo lo que os he contado, hay una pregunta que sigue en el aire: ¿qué llevó al honorable Edward J. Tilghman a autorizarle a un melenudo que hiciese un reportaje de un año de duración sobre el trabajo diario de sus hombres?
A día de hoy ni siquiera David Simon conoce la respuesta. Quizá la única posible sea la que le dio el inspector Rick Garvey: “¿Que por qué te dejó entrar?, pues porque para entonces ya tenía un tumor cerebral, ¿qué otro motivo podía tener?”.

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